13 de octubre de 2009

Afirmaba el escritor y crítico de cine, David Gilmour, en su recomendable novela “Cineclub”; “Hoy día las películas de Woody Allen desprenden una sensación de apresuramiento, como si estuviera intentando acabarlas y quitárselas de encima para hacer otra cosa. Esa otra cosa, por desgracia, era otra película. Aún así, después de haber rodado más de treinta películas, tal vez tenga derecho a trabajar a la velocidad que le apetezca”.

Aún estando de acuerdo solo al 50% con esta definición ("Match Point" o "Scoop" no desprenden esa sensación); “Si la cosa funciona” es el tipo de película de Allen que más puede acercarse a ella. El tipo de película rutinaria y ligera que Allen rueda con el automático, que se sabe y que sabemos de memoria. Una película cuyo guión fue rescatado durante el periodo de huelga de guionistas estadounidenses del cajón que lo guardaba desde los años setenta, evitando así romper con la tradición de película por año.
Si la cosa funciona” puede considerarse un parche que soluciona un vacío o bien la comedia informal que el director neoyorkino ofrece a sus seguidores cada cierto tiempo. Todo depende del grado de cariño o de fatiga que tengamos hacía la pura comedia de Allen.

Porque en “Si la cosa funciona” el nivel de riesgo es mínimo y el conjunto de sus prestaciones extremadamente familiar; diálogos sobre vida y la muerte, sexo y mujeres, misoginia, neuras, hipocondría, comedia, Nueva York, monólogos a cámara y un largo etcétera de las constantes del cine de Allen. Humor judío en espacios interiores, que no aspira a ser “Annie Hall”, ni ambiciona el carácter renovador de “Match Point”, sino tan solo aportar otra pequeña muestra del universo de Allen para satisfacer al incondicional.

Conociendo al dedillo todo lo que “Si la cosa funciona” puede garantizar, el principal reclamo de la cinta radica en ver a Larry David, creador de la serie “Seinfield” y el alter ego más cercano a Woody que ha podido existir, poniéndose en el rol habitual de Allen, si cabe, todavía más pesimista y gruñón. Extendiendo hasta el paroxismo las palmas de sus manos, esas que se lava mientras tararea el cumpleaños feliz, Boris Yellnikoff (Larry David) entablará relación con una joven de pueblo encarnada por Evan Rachel Wood, haciendo de Pigmalión aunque el no quiera y arreglando las vidas insatisfechas de su alrededor como si de “Que bello es vivir!” se tratase, aunque pretenda justamente lo contrario.

Simpática, liviana y redundante, la película número 44 de Allen es de esas que le salen con la gorra al director de "Zelig" y viene a engrosar su lista de film menores que son mayores que los de otros, mientras (que no le falte tiempo) ya prepara su siguiente proyecto. Y es que si la cosa funciona, ¿por qué no volver a ella?.
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Written by Roberto García

Escrito con mucho esmero e ilusión desde Albacete. Comenta si te apetece y si no, escucha nuestro programa de radio, que también tiene su aquel.

2 comentarios

  1. Pues para mi la cosa no solo no funciona sino que empiezo a pensar que a este genio se le están acabando las buenas ideas, aunque es muy superior a sus últimos trabajos. Ojalá la próxima si que funcione.
    Saludos

  2. Mary Poppins says:

    A mi me cuesta este Woody Allen!
    Me gustaron mucho Scoop y Match Point, que son posiblemente las que más se alejan de su estilo TAN PERSONAL! Mi sensación, salvo en esas dos que te he dicho, es que siempre cuenta lo mismo y el mismo tipo de bromas... a veces cansa!