5 de noviembre de 2009

Solo vi a Peter Sellers y a Jack Lemmon hacer lo que hacía José Luis López Vázquez; pasar con una aplastante naturalidad de la más hilarante y agitada sobreactuación (entendida ésta positivamente) a la más sobria y contenida interpretación. Que viene a ser lo que todo actor aspira a conseguir; ser el mejor cómico y a la vez el más firme actor dramático.

Hay un lamento común y repetido al recordar estos días su figura; la escasa repercusión internacional de un actor con semejantes condiciones. Esa seguridad de que López Vázquez hubiera sido tan reconocido como, por ejemplo, los dos gigantes de la interpretación citados unas líneas más arriba, a poco que se hubiese prodigado fuera de nuestro cine o a poco que Hollywood (George Cukor aparte) hubiese mirado más allá de su ombligo en aquellos años.

Egoístamente, a mí siempre me gustó que López Vázquez fuese nuestro y solo nuestro, como el jamón, la siesta o la paella. O como las suecas que vienen a España, que no son tan suecas si están en cualquier otro lugar del planeta. Él no era exportable, porque López Vázquez y Fernán Gómez eran nuestras armas para salir triunfantes y orgullosos si alguien osaba debatir sobre el cual era el actor más completo del cine mundial.

Sus apellidos lo delataban como producto puramente nacional. También su aspecto de funcionario de medio pelo, pequeño, alopécico y nada agraciado. Sobre su corriente figura labró unos personajes que reflejaban a la sociedad española de cada década desde los años 50. Y en ese contexto, en un cine de fronteras para adentro, a veces predominantemente popular (“El turismo es un gran invento”, “Objetivo bi-ki-ni”, “En un lugar de La Manga”) otras más intimista (“El Bosque del Lobo”, “Mi querida señorita”), Vázquez destacó como el tipo con el que cada español podía identificarse.

Sólo él podía encarnar a personajes tan autóctonos como Manolo Locúmula Verruguillo, primo de Vicenta en “¡Como está el servicio!”, Quintanilla en la navideña “Plácido”, al típico sufridor español de “El Pisito” a luchadores del sexo y libertad como Serafín Requejo en “Lo verde empieza en los Pirineos”, al hijo del Marqués de Leguineche en la saga Nacional de Berlanga y Azcona, al abnegado padrino de “La gran familia” y “La familia y uno más” o al anónimo y encerrado ciudadano de “La Cabina”.

Fue su enorme talento para componer personajes, su gran inteligencia interpretativa que le llevaba a encajar en cualquier género, sus grandes dotes para la improvisación cómica y su silabeo lo que lo transformaron de actor en icono. Un icono respetado y querido, capaz de propagarse entre generaciones que hoy repiten eso de “las alemanas, las alemanas” o ese “Fernando Galindo un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo” que tan bien recitó en la inolvidable “Atraco a las tres

Con su desaparición se va otro gran pedazo de nuestro cine, cada vez más huérfano de las personalidades que forjaron su historia. Donde quiera que vaya se unirá a Azcona, Fernán Gómez, Isbert, Ciges, Agustín González, Mary Carrillo o a la que fue su mejor partenaire, Gracita Morales, con la que podrá repetir los diálogos más eternos del cine español.

Different Themes
Written by Roberto García

Escrito con mucho esmero e ilusión desde Albacete. Comenta si te apetece y si no, escucha nuestro programa de radio, que también tiene su aquel.

5 comentarios

  1. Luis says:

    Siempre me gustó mucho su papel secundario en "el verdugo" de Berlanga ¿la mejor película española de la historia?

  2. y yo creo que su mejor papel fué en Mi querida señorita, aunque es dificil de decir!!!

  3. robgordon says:

    Es que además de tener un talento desórbitado, era de esos hombres extremadamente prolíficos. 300 películas son muchas películas. La mayoría grandes clásicos y papeles memorables.

    Saludos!

  4. Buenas

    Se nos ha ido un GRANDE. Me quedo con Quintanilla. No me extraña que Chaplin dijera de él que era uno de los tres mejores actores que jamás había conocido.

    Un saludo

  5. Angel says:

    Pedazo de actor, eterno y gigantesco, y por lo visto, como la gran mayoría de actores y actrices de su generación, con una dificil convivencia (parece que era lo que se llevaba).
    ¿Se atreverá alguien a hacer una película contando los años del cine? No como la mierda de "Dias de cine", sino en plan serio, un buen proyecto. Sería interesantísimo, pero según está el mundo del cine, no creo que nadie se atreva.